24.6.09

Dedicatoria.


Fui a visitar a mis viejos, a la misma casa donde nací. Me pareció extremadamente pequeña en cuanto la vi, de niño la veía gigantesca. Eran laberintos los ahora cortos pasillos donde la humedad los ha corroído. 
Me senté a esperar a que bajara mi madre. Mi padre no le quitaba la vista de encima al regalo que llevaba entre mis manos, era una mirada extraña, una mirada que hasta ese día pude comprender y conocer, misma mirada que me acompañará por siempre sin podérmela sacar de las pupilas. 
-¿me ofrece usted un café? 
Pregunté con nerviosismo, como si al haberme ido de casa dejara de ser su chiquillo. Como si al haberme ido lo hubiese hecho de mala forma (a los padres siempre todas las formas les parecen malas, si se refiere a que sus hijos salgan de casa) pero no, me fui bien y hasta podría decir que los deje tranquilos, eso creía. Decidí irme con la esperanza de que me fuera mejor en mi nuevo hogar, ¡corrijo!; de que me fuera mejor en otro lugar.. No puedo llamarle hogar a otro lugar que no sea esté que me vio crecer y que en cada esquina esconde diabluras y miles de aventuras. Tenía tantos planes, mismos que se cumplieron al paso del tiempo y de haberme quedado jamás ninguno habría realizado. 
Mi porsche, estacionado frente a la casa de mi niñez, relucía despampanante, uno o dos vecinos lo miraban y lo palpaban para comprobar que no se trataba de un sueño. Yo miraba el espectáculo y reía de oreja a oreja sintiéndome orgulloso sosteniendo un regalo entre mis manos. Mi padre se había sentado y mantenía la mirada en el regalo de pronto el silencio torno incomodo el momento, al menos para mí puesto que mi padre parecía no percibir nada ni siquiera se inmuto con mi llegada, fue hasta que rompí el silencio diciendo:
-Sé que tarde un poco, pero usted sabe; el trabajo, las obligaciones.. Hay que mantener el porsche y otras cositas (le comentaba al tiempo en que sacudía el emporio armani que llevaba puesto)
-Pero al fin lo pude traer, y debo reconocer que lo tuve conmigo un par de años, las navidades pasadas en las que mi madre llamaba (mi padre se enjugo los ojos al tiempo en que me refería a ella) para ver si podría venir, bueno yo lo miraba en una de las repisas de mi sala y pensaba que algún día de estos se lo traería y si pensé hacerlo pero usted sabe el trabajo es primero y bien que usted sabe de eso. 
Se lo comente en un no tan sutil reproche por su ausencia durante mi niñez, a diferencia de que si él no trabajaba yo no comía y una visita a ellos desde hace años pude haberla hecho sin el mayor esfuerzo. Yo seguía hablando al ser que me dio la vida que parecía en aquel momento haberla perdido. Momificado con su mirada escudriñando el regalo. Algo en sus pupilas cambio de inmediato, me entre dejó ver que aun seguía vivo, su mirada se lleno de un aspecto raro surgido de la mezcla entre rencor y dolor, yo volteaba hacia la escalera impaciente de escuchar bajar de ella a mi madre.
-¿Es el libro?
Preguntó mi padre por fin al percatarse de que yo era ahora el que clavaba la mirada hacia la escalera y al parecer tras haber lanzado su pregunta se había quedado sin aliento y vi otra nueva mirada.. Era temor. 
-Si. 
Dije sin más preámbulos.
-Hace años que lo he terminado, hasta lo han publicado. Se que lo debí traer antes, lo se, pero el trabajo papa..
Mi padre agacho la mirada y no se contuvo el llanto, fue allí, justo allí donde comencé a comprender su silencio y su distancia. Comprendí la ausencia de unos pasos que tanto ansiaba escuchar bajar por la escalinata.
-Lo ha leído, le gustó y sabíamos que lo lograrías.
Dijo sin aliento, enjugándose las lagrimas. Me pare botando el libro en la mesa y me fui directo a la escalera, mi padre se llevo las manos hacia el rostro pues no tuvo fuerzas para detenerme. Subí precipitadamente como cuando chiquillo a diferencia de que esta vez no eran enemigos o aliens imaginarios los que me perseguían, era un solo monstruo, un monstruo real llamado miedo y me acompañó en cada paso tras casa escalón tras cada bocanada de aire que inhalaba desesperado. Abrí el primer cuarto, el que antes era mi cuarto, esperaba encontrar una habitación nueva más mi cuarto continuaba intacto. Las dos cartas que había mandado durante todos estos años sobresalían del edredón azul con rombitos rojos, las levante y pude comprobar que no solo habían sido leídas si no también releídas una y otra vez, había huellas de lágrimas en ellas, cuidadosamente dobladas como yo habría de mandarlas. También observe las fotografías donde salgo con los chicos del barrio, fueron dos de sus hijos los que palparon mi porsche.
Regresé a la realidad después de haber dado un breve viaje a mis recuerdos que había dejado en casa de mis padres. Corrí al recordar el motivo que me impulsó a subir, y me halle frente a la puerta de la habitación de mis padres, corrí hacia allí esta vez con el mismo miedo que de chiquillo me hacia correr de noche hacia ellos. Puse mi mano en la perilla con temor y estaba decidido a abrir la puerta pero una mano me detuvo, era mi padre que me tomaba del brazo.
-Lo ha leído y siempre estará orgullosa, pero dijo que tú no lo habías escrito del todo, no hasta verlo con dedicatoria y lo esperó lo mas que pudo, pero te comprendo hijo.. El trabajo es primero.
Abriendo lentamente la puerta dejó resbalar su mano anciana sobre ella, no solo acariciaba una puerta de madera acariciaba también noches en vela, largas noches de sufrimiento donde él fue su única compañía.
La cama tendida perfectamente, su edredón gris de toda la vida junto a los enormes cojines que tanto le gustaban a ella permanecían intactos como le gustaba ver su cama por las noches antes de dormir placidamente. Su retrato colgando, la cortina a medias, no pude sostenerme en pie y dejándome caer sobre la cama me llevé las manos al rostro mientras gritaba en silencio y sin poder llorar le dije para mis adentros:
-Lo he traído.. Mamá es.. El libro.. Tu libro. Una luz entró a duras p
enas por la ventana iluminando lo que debajo del retrato de mi madre se hallaba, y allí recibiéndome con una sonrisa aunque quieta y muda, mi madre se hallaba.
Me acerque a la urna que guardaba celosamente sus cenizas y le pedí perdón por abandonarla por haber sido tan egoísta. Mi padre me abrazó, lloré desesperadamente y me aferré a su esbelto y raquítico cuerpo.. Una voz rompió en el cuarto:
-Ven, solo esta noche y después dormirás solo.
Era mi madre que me acariciaba el rostro para limpiarme las mejillas.. Tenía yo once años y esa noche había tenido un mal sueño. Dormí en la alcoba de mis padres, sin quitarle la mirada de encima a mi madre. 
Y.Z.

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